lunes, 24 de mayo de 2010

¡GRACIAS POR EDUCARME ALREDEDOR DE LA CULTURA DEL VINO!



Cuando nací, y con toda seguridad, una de las primeras cosas que vi sobre la mesa de mi casa, fue un porrón de cristal blanco, que contenía un vino de color rubí, al que los rayos de luz que penetraban por la ventana daban una preciosa tonalidad.

Por supuesto, mi recuerdo no llega a tanto tiempo, pero en la casa de mis padres, siempre bebieron vino en porrón, y éste no podía nunca faltar sobre la mesa, para entonar y armonizar la comida, que con cariño y esmero preparaba fabulosamente mi madre.

En casa de mis abuelos, lo que siempre estaba colgada a la sombra de la gran morera era una bota de vino, bota construida artesanalmente en la ciudad de Pamplona, con su pez bien curada y tratada, y a la que según los entendidos en la materia, daba gusto darla un “tiento”, ya que su sabor era único.



Seguramente, mi padre y mi abuelo, no conocían lo que era una cata de vinos, las copas especiales para cada uno de los tipos y denominaciones. No sabían distinguir los olores y sabores que un vino puede llegar a producir en un paladar y olfato entrenado. Pero sí sabían distinguir los vinos que a ellos les gustaban, y que les transmitían unas sensaciones especiales al probarlos.

Ellos, adquirían los vinos en las bodegas del barrio, después de degustarlos de las frasquillas  en Torres o Amador, locales que tenían sus fachadas de color rojo, para indicar que vendían vino. Unas veces lo compraban a granel, para lo que llevaban su garrafa bien cuidada y limpia. Otras, embotellado según la ocasión lo mereciera, así como la información de sus amigos bodegueros. Pero también  hacían o aprovechaban viajes para traer vinos de los lugares recorridos.

En uno de estos viajes hacia Galicia, llegamos al atardecer a Cacabelos, y me llamó la atención, que de algunas fachadas colgaban banderas blancas, y le pregunte a mi padre:  ¿papi, en este pueblo todos se rinden?, mi abuelo sonrió y me contestó: “Sí,  en este pueblo todos se rinden, pero al buen vino que venden en todas las casas donde hay un pañuelo blanco colgado, y luego tu padre y yo iremos a probar algunos”.

Ya en Ferrol, fuimos con nuestros familiares gallegos a degustar unos callos con garbanzos, y a  mí, al qué aún no me permitían probar el vino, me di cuenta, que aquí no bebían el vino en porrón, ni en bota, ni en vaso, ni en copa. No, aquí, el vino lo bebían en un pequeño tazón de cerámica, que llamanban: "cunca", y es que según pude entender, así es como se debían de beber los vinos de estas tierras.

Tras esa infancia en la que siempre estuve rodeado de vinos,  en mi juventud, tampoco podían faltar. No, no faltaba el vino, pero el vino bien bebido, entre amigos, ya que en esa época íbamos de mesones por las calles de Madrid, allí comenzamos a tomar “chatos”, siempre bien acompañados de buenas raciones, una manera de socializar alrededor de un buen barril, de una buena mesa y con unos buenos amigos con los que charlar; asi, como con unos precios razonables para nuestros bolsillos.

Un día, conocí a una persona nacida en tierras vitivinícolas,  que adoraba este líquido extraído de buenas uvas, y en su casa poseía una estupenda bodega. Él me enseño como había que catar un vino, qué copa utilizar, como agitar la copa, como mirar su color, como olerlo, como saborearlo y todo el ritual. Pero, me lo enseño con sencillez, con pasión, sabiendo lo que cuesta conseguir un buen vino, los tipos de tierra, los tipos de cepas, los tipos de vinos. Pero como he dicho con mucha sencillez, sin esnobismo; sí, sin esnobismo que a mi parecer es una de las cosas que ha hecho alejarse del vino a muchas personas y generaciones.

Luego, en casa nunca ha faltado el vino, al ser un estupendo producto sin gluten, que no puede ausentarse de nuestra mesa. Pero buenos vinos, estupendos vinos de distintas tierras, denominaciones y añadas. Vinos,  mucho mejores de los que tomaban mi abuelo y mi padre, pero ya no estaban ellos,  que fueron los que me enseñaron a amar el vino, para poder compartir conmigo un trago del porrón, un tiento a la bota, un chato, una "cunca" o una copa. Así, que cada vez que mi garganta siente una simple gota de buen vino, me acuerdo de ellos y brindo:

¡Gracias por educarme alrededor de la cultura del vino!

Víctor M. Damián



Con este relato seré: Participante en el  I Premio Vinos y Blogs del  III Concurso de Vinos del Noroeste, que se celebrará durante los días 8, 9 y 18 de junio en Ponferrada (León).

 #escribimoslovivido

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